Opinión

Martes 24 de Abril de 2001
 
   LA NACION LINE | Ed. Anteriores | 24 de Abril de 2001 | Opinión | Nota
Alcances de una revolución intelectual
Por Edward Rothstein
The New York Times

NUEVA YORK.- Un día de 1962, el mundo cambió. Ese año, el físico e historiador científico Thomas S. Kuhn hizo por la visión de la ciencia lo que Copérnico y Einstein habían hecho por la astronomía y la física. Lideró una revolución, al menos si aceptamos el análisis presentado en su libro The Structure of Scientific Revolutions ("La estructura de las revoluciones científicas") traducido a 20 idiomas y con más de un millón de ejemplares vendidos. Kuhn introdujo la noción, hoy corriente, del paradigma como un conjunto aceptado de principios que determinan la visión del mundo. Un cambio de paradigma significa descartar las viejas nociones sobre la verdad para reemplazarlas por otras (por ejemplo, cuando se dejó de creer que la Tierra era el centro del universo). Pero esto no fue todo. Kuhn sostuvo que los nuevos paradigmas no son más válidos que los viejos; simplemente, son más útiles. Y desechó la idea del progreso científico: los hombres de ciencia constituyen un gremio autónomo que excomulga a los disidentes y se preocupa por "resolver enigmas", según la definición despectiva de Kuhn.

Las connotaciones de estas ideas resultaron mucho más discutibles de lo que imaginó Kuhn en un primer momento. A un lustro de su muerte, continúa el debate en torno a su revolución intelectual. En el último año, aparecieron por lo menos tres libros relacionados con él. En Thomas Kuhn (Princeton University Press), el filósofo Alexander Bird, de la Universidad de Edimburgo, evalúa sus análisis de la ciencia normal y revolucionaria proponiendo una interpretación crítica pero benévola. El libro homónimo del sociólogo Steve Fuller, de la Universidad de Warwick (Inglaterra), subtitulado "Una historia filosófica para nuestro tiempo" (University of Chicago Press), es más excéntrico y contiene una mayor carga política al atribuir a Kuhn una visión elitista de la ciencia. Por último, en The Road Since "Structure" ("El camino desde La estructura "; University of Chicago Press), reúne ensayos del propio Kuhn en que, a lo largo de más de tres décadas, expande sus ideas iniciales e intenta protegerlas de sus consecuencias lógicas.

El problema estriba en que muchas de estas ideas se han incorporado al paradigma posmodernista. Según él, la ciencia occidental no es neutral y objetiva; está llena de prejuicios, preferencias y presunciones no examinados. En una actitud más radical, Paul Feyerabend y otros filósofos científicos han sostenido que hasta los sistemas explicativos como la mitología y la astrología aportan afirmaciones tan válidas como las de la ciencia occidental. El mismo Kuhn decía que las ideas rechazadas por la ciencia contemporánea no lo fueron por erróneas, sino porque ya no satisfacían los requerimientos de los científicos. En otras palabras, la verdad es una presa disponible. Para Kuhn, "no hay estándar más alto que el asentimiento de la comunidad pertinente".

También dijo que al crearse un paradigma, las fuerzas conservadoras y revolucionarias disputan su aceptación. Así, su propio paradigma llevó a las conocidas guerras culturales (en torno de la educación y la centralidad de la cultura occidental) y científicas (en torno de la verdad y el relativismo).

Una de las escaramuzas científicas más famosas se libró en 1996, año en que murió Kuhn. Un físico de la Universidad de Nueva York, Alan Sokal, escribió una parodia de las visiones posmoderna, relativista y política de la ciencia plagada de errores voluntarios. Los editores de Social Text la publicaron sin advertir los errores ni la sátira. La broma de Sokal, que atrajo la atención mundial, demostró lo absurdo del kuhnianismo extremo y cómo algunos eruditos influyentes se preocupaban más por la fidelidad a las ideologías que por la exactitud científica.

Kuhn objeta igualmente los argumentos relativistas. Digan lo que digan algunos seguidores suyos, en The Road Since "Structure" insiste en que el mundo posee una existencia objetiva "no inventada ni construida". En verdad, dice que la naturaleza de ese mundo fija el límite de la exploración científica. Pero sus intentos de conciliar estos puntos de vista con las connotaciones de sus opiniones anteriores generaron sus propias controversias. Por ejemplo, Bird arguye en su libro que la actitud de Kuhn al desechar la verdad absoluta y atacar la idea del progreso científico fue confusa y condujo a un "relativismo metafísico" no buscado. Las críticas y apreciaciones selectivas de Bird dejan malparado a Kuhn, pero no afectan su presencia vital.

El mito elitista

Fuller, más polémico, procede en sentido contrario: no acusa a Kuhn de menospreciar una noción conservadora de la verdad inmutable, sino de perjudicar las causas de la izquierda política. Lo compara con Chauncey, el personaje de Desde el jardín , la novela de Jerzy Kosinski: un tipo estrafalario, ignorante, de rostro inexpresivo y mente lerda, cuyas declaraciones crípticas, tomadas principalmente de la televisión, suenan a pensamientos profundos para la elite política norteamericana. Tilda su éxito de inmerecido y fortuito. De hecho, insinúa que pese a su reputación, Kuhn fue demasiado fiel a los viejos conceptos de la ciencia. Retuvo el "mito elitista" de los "genios visionarios" que cambian el mundo sustituyendo unos paradigmas por otros. La noción de una camarilla de especialistas que llegan a un consenso respalda la idea de un establishment autoritario y antidemocrático. Para Fuller, The Structure... fue un "documento típico de la era de la Guerra Fría" porque presentó a los científicos como miembros de un culto que se autoperpetúa y no está obligado a mirar las consecuencias políticas de su trabajo. Lejos de conducir a una revolución en las prácticas y el poder científicos -concluye Fuller- el libro de Kuhn "embotó la sensibilidad crítica del ámbito académico".

A diferencia de Kuhn, Fuller ofrece pocos ejemplos científicos; en cambio, organiza su ataque siguiendo algunos de sus preceptos. Aborda la investigación científica como una confrontación sociológica, más que un avance hacia la verdad; simplemente, piensa que no deberíamos permitir que las confrontaciones estén en manos de especialistas. La ciencia, dice, debería convertirse en un clamor democrático de ideas en pugna. Kuhn no va tan lejos pero, en verdad, imprime un matiz autoritario al cambio de paradigma y hasta compara los grupos de científicos con las clases gobernantes de 1984 , la novela de Orwell. Quien discrepe con el paradigma científico dominante será "expulsado de la profesión". De hecho, propone Kuhn, la ciencia sólo se convence de que está avanzando cuando hay consenso respecto de un paradigma.

Un clamor de ideas como el que propone Fuller eliminaría hasta esta ilusión y transformaría la ciencia en una desordenada ciencia social. Pero, ¿no es esto, acaso, otra prolongación inevitable de las ideas de Kuhn? Como lo demuestra Bird, los filósofos aún lidian con estas cuestiones. Y las ideas posmodernas acerca de la verdad han suscitado, por igual, adhesiones fuertes y críticas serias. De ahí que se siga discutiendo el paradigma de Kuhn. Pero, aunque parezca extraño, su influencia ha afectado a las ciencias sociales mucho más que a las ciencias a secas. Los investigadores científicos continúan su trabajo prescindiendo de las interpretaciones de Kuhn. En cuanto a las ciencias sociales, con su historia de disputas, desacuerdos y paradigmas rivales, la revolución kuhniana pareció casi innecesaria.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

http://www.lanacion.com.ar/01/08/25/do_330122.asp
LA NACION | 25/08/2001 | Página 19 | Opinión
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